Un recreo para recargar

Un recreo para recargar

Todos necesitamos un recreo. Del trabajo, del colegio, de los amigos, de la pareja o incluso de nuestra familia. La cuarentena modificó los límites entre lo personal y lo laboral al sobreponer los horarios y espacios. Esta superposición modificó diversos ámbitos: lo público y lo privado, los horarios, las rutinas personales, familiares y laborales. Es decir, que se sobrepasaron los límites que existían entre los espacios y tiempos.

Los límites indican los puntos (reales o abstractos) que marcan pautas. De la misma manera que un camión de carga puede transportar solo un peso determinado, nuestro psiquismo tiene también unas fronteras y en tanto éstas no están escritas en el dorso de nuestro cuerpo, somos nosotros quienes debemos hacerlas evidentes. ¿Por qué? Porque nos permiten predecir lo que podemos esperar de nosotros mismos y de los demás. Son parte importante de la confianza y la seguridad. La pérdida de las rutinas y los hábitos genera incertidumbre y ansiedad, pues perdemos los puntos de referencia afectivos que nos dan la clave para el comportamiento social. Usualmente pensamos que es el “otro” (jefe, compañero, institución) quien delimita lo que debemos o podemos hacer. Una llamada laboral a las 8.00pm por supuesto sobrepasa el límite de horario, pero la decisión de atender o no esa llamada es la manera de hacer evidentes o no nuestros límites.

Pensemos ahora en los niños y adolescentes. Al inicio de la cuarentena los colegios y jardines infantiles adaptaron rápidamente el horario escolar a la virtualidad y se aseguraron de mantener los tiempos de recreo. Sin embargo, estos horarios pocas veces coincidían con los espacios de descanso de los padres, provocando situaciones atípicas. Estar conectados de manera constante en una sola actividad, la ausencia de movimiento físico, la modificación de las interacciones sociales, la incertidumbre que ha traído consigo la pandemia, la pérdida de la intimidad, así como la reducción de su mundo a una pantalla, ha generado un estado de alerta/supervivencia que dificulta el aprendizaje y el desarrollo afectivo.

Este estado de alerta/supervivencia es sentido también por los adultos. De ahí la importancia de tomarse un recreo, hacer evidentes los límites – físicos, emocionales y materiales – y frenar la sobreposición de espacios y actividades. Tomarse un recreo, en familia o solo, es el espacio perfecto para desconectar de la tecnología, comer algo, movernos un poco y compartir con las personas con quienes convivimos. Ya será decisión de cada uno qué hacer durante ese recreo, lo importante es hacerlo.

Para los niños y los adolescentes estos recreos son imprescindibles pues les dan el modelo de cuidado de sí mismos, a través de la manera en que sus padres se cuidan y los cuidan. Así mismo, permite a su sistema nervioso activar los circuitos de recompensa que generan placer y favorecen el desarrollo. Puede ser útil, en el caso de los más pequeños, diseñar un horario con imágenes de lo que acontece en cada día, de tal manera que puedan visualizar en qué están y qué viene. Agregar allí los tiempos de recreo individuales y en familia les ayudará a predecir los momentos de vinculación con sus papás y a tolerar aquellos espacios en los que sus padres están en casa, pero no con ellos.

Mientras siga la virtualidad, alternada o completa, será necesario aprender a poner(nos) límites y a poner(les) límites a quienes interactúan con nosotros, bien sea presencial o virtualmente. Esto es especialmente importante en el caso de los niños y adolescentes pues aún no se han desarrollado del todo las conexiones neuronales que les permitirán a ellos solos establecer sus límites y hacerlos respetar por los demás.

El recreo en casa puede ser igual de divertido al del colegio, incluso pueden simular una situación similar como el uso de la lonchera, incluyendo los alimentos y bebidas que normalmente les enviarían.  Hay que gozárnoslo, estaremos enseñando a nuestros amigos, familiares, hijos y compañeros de trabajo, el cuidado propio y el de ellos. Así que la próxima vez que esté tentado a decir “sí” a una reunión que se atraviese con su tiempo de descanso, o el de la familia, diga mejor “no”, es la hora del recreo.

María Camila Mejía Merchán, Psicóloga Clínica – Antropóloga,IG: @saber.para.sanar, camilamejiamerchan@gmail.com