OPINIÓN| LA CULPA NO ES DE LA VACA

Aludiendo a uno de los títulos más reconocidos de los escritores colombianos Jaime Lopera y Marta Bernal, en esta ocasión, la reflexión estará centrada en la ganadería. Aun cuando los cultivos ilícitos representan una de las principales causas de deforestación masiva de los bosques nativos en Colombia, hace algunas décadas se viene presentando un fenómeno preocupante que está ligado directamente con la actividad ganadera.

Es innegable el aporte que genera la ganadería en la cultura colombiana, tanto al establecerse en la dieta de miles de familias como en la generación de empleo. Las cifras entregadas por la Federación Colombiana de Ganaderos (Fedegan), en relación al balance económico de este sector durante el año 2020 son contundentes: se duplicaron las exportaciones de US$132 millones en 2019 a US$267,1 millones a cierre de 2020. Fue uno de los pocos sectores que tuvieron crecimiento el año pasado, según las cifras del DANE.

Sin embargo, la actividad se vuelve problemática cuando comienza a ser masiva e invasiva, generando una afectación importante en el entorno donde se desarrolla. La reconocida organización de activistas ambientales, Greenpeace, lanzó en 2019 una campaña llamada #Planetaencarneviva para advertir sobre las consecuencias ambientales que deja esta actividad agropecuaria.

La ONG ambientalista, realizó una investigación en España durante el 2019, arrojando que el uso de fertilizantes es el punto de partida para muchos problemas agrícolas. Si los ganaderos, incluso los pequeños, empiezan a utilizar fertilizantes para un crecimiento más acelerado de pasto, se generará de forma inmediata la contaminación química de canales de agua, sobre todo de los subterráneos donde se tiene un desconocimiento gigante en Colombia. El segundo problema formulado en la investigación, se desencadena cuando se completa el terreno para pasteo como consecuencia de la aplicación del agente químico, pues al ser ingerido por los vacunos aún habrá rastros del fertilizante en la hierba, provocando la ingesta indirecta por parte del animal. Los químicos utilizados no desaparecen del todo durante la digestión y son secretados nuevamente en las heces del ganado que terminan en el suelo como abono natural, pero en este caso, los componentes químicos con mayor resistencia son transmitidos a la tierra.

Aunque la erosión del suelo no se evidencia de forma inmediata, genera poco a poco la infertilidad del terreno, dejándolo en cuestión de meses improductivo para cualquier tipo de actividad agrícola. Estos datos coinciden con las diversas investigaciones que se han realizado a nivel mundial, sobre los productos de la multinacional de transgénicos Monsanto, quien pagó cerca de US $11.000 millones de dólares por perjuicios ocasionados.

A pesar de ser un problema que con el tiempo puede escalar a proporciones desastrosas, se puede mitigar si se capacita adecuadamente a los ganaderos, impulsándolos a retomar métodos tradicionales de recuperación del suelo y purificación del agua. De esta forma, se podría mantener un balance entre la producción ganadera y la recuperación paulatina del entorno involucrado.

Ahora, es importante mencionar un fenómeno inmerso en la actividad ganadera, que no tiene una justificación válida y atenta de forma directa contra los recursos naturales: la deforestación. Es preocupante ver como cerca de reservas protegidas como la de Chiribiquete o en el Páramo de Santurban, se hacen talas masivas de árboles y en los casos más repulsivos la quema de miles de hectáreas, con el único fin de ampliar la frontera agrícola. Los datos son escalofriantes, entre septiembre de 2020 a enero de 2021, cerca de 1.000 hectáreas han sido arrasadas en Chiribiquete con la intención de convertirlas en territorio ganadero, revela un informe presentado por el proyecto Monitoring of the Andean Amazon, de la organización Amazon Conservation.

La ignorancia en todo su esplendor, es lo que evidencian estos actos que atentan de forma masiva contra la naturaleza. En principio, se podría pensar que son acciones generadas por la falta de conciencia de algún particular con deseos de ampliar su frontera agrícola, no obstante, algunas quemas pueden ser intencionalmente provocadas por entes económicos con mayor poder. Es el caso de la cadena de supermercados del Grupo Casino, que fue demandada este 3 de marzo por comunidades indígenas amazónicas de Colombia y Brasil, precisamente por deforestación masiva de bosque nativo con la finalidad de ser transformado en territorio ganadero. La demanda se radicó ante la corte de la ciudad de Saint-Etienne, al sur de Francia, argumentando que la empresa no ha tomado las debidas acciones para mitigar los daños ambientales causados, además, de atentar contra los derechos de los indígenas residentes en la zona.

En Colombia, a pesar de que el gobierno ha identificado zonas específicas donde se practican este tipo de acciones, se sigue implementando una estrategia de castigo que omite la prevención, otorgándole mayor tiempo y espacio a los malintencionados. En este momento la deforestación que está viviendo el país, arrasa con el motor de la vida en el planeta y con ello complica nuestra propia existencia en un futuro no tan lejano, pues de seguir así, se plantean problemas climáticos críticos antes del 2030. Como consumidores debemos ser más conscientes de que estamos apoyando e incentivando, y frenar algunas conductas destructivas que fomentamos en nuestro estilo de vida, para vislumbrar un mejor porvenir y evitar excusas que no ayudan en nada, donde al final se termina culpando hasta a la pobre vaca.